lunes, noviembre 10, 2008

Una pausa...



Para mi amor.

Como la respiración de una bestia dormida eres.
El último impulso vital de una flor que se marchita.
Vienes suavemente con ese par de ojos
que escudriñan a todo el que pasa.

No interpretas: imaginas, a partir de lo que ves.
Creo que en el fondo poco te importan los demás.
En tu mente, a tu antojo, todos son lo que deben ser,
lo que viste en ellos, lo que pasa de largo
sin tocar tu silencio perfecto.

Puedes llevarme de la mano
por todas las banquetas del mundo.
Hablo y me río, absorta en un detalle,
confiando en que estás tú para evitarme las caídas
los obstáculos que me amenazan
cada vez que en mi prisa omito al mundo.

Sólo tú puedes responder preguntas como
el color de los zapatos de una vieja
que cruzó la calle siete cuando fuimos al mercado.
O comentar sobre la mirada torva de un hombre
que estuvo en nuestro campo visual cinco segundos.

Maestro de la pausa, fabricante de silencios musicales:
te amo porque eres todo lo que no soy
y recibes todo lo que no tienes.

martes, noviembre 04, 2008

Gota de agua

Foto: Jorge Alatorre, el Don.



Para Hans, desde el río.


Como un temblor,
parpadeo de detalle.
La fotografía deja todo fuera de foco
exceptuando el leve movimiento de la gota,
la piel efímera de un pétalo.

No la vimos abrir;
tampoco morir.
Sólo la encontramos en un momento
en que no era flor ni gota,
sino un algo indescriptible
que nos recordó esos instantes
congelados en el alma,
que se convierten en revelaciones
o querencias.

Así eres tú, gota de agua lejana,
sin verte florecer ni marchitarte,
recuerdo la polémica tanática,
las texturas del regalo
y la certeza fresca
de que vives y peleas
por mirar con tus ojos un mundo
demasiado bello para ser tan cruel.

domingo, noviembre 02, 2008

Viejo, nuevo


Pongo de nuevo las fotografías, las veladoras y cosas que les gustaban. Toda la noche el olor a parafina y flores impregna la casa. Cada una de esas historias parece sacada de la progesión temporal que solemos llamar vida: ya no recuerdo cuántos años tenía cuando comí con Dora bajo el sol; cuando recorrí las carreteras con Iván, asustada de la velocidad; cuando miraba a Adrián a través del licor dulcísimo que se servía en su casa.

Incluso hay casos tan lejanos, que han dejado de ser recuerdos concretos para volverse una esencia, algo así como un color y un espesor del aire que me recuerdan el cariño de una persona, de un gato, de un abuelo. También pienso que hay seres cuya foto debería poner en la ofrenda, porque aunque están vivos ya no lo están para mi.

Me siento nueva todo el tiempo, mis recuerdos son los de alguien más, una mujer que ha vivido accidentadamente muchos años. Yo sigo aquí, jugando a no ser yo como si fuera mi biógrafa, un ser que se levanta cada día sin saber qué hacer con el amanecer ni asumir sus deberes con seriedad. Todos estos muertos me recuerdan muy claramente que somos lo que creemos ser y que sólo a nosotros nos importa.

martes, octubre 14, 2008

Bitácora azorada

Comienza otro mes, se me pierde el hilo de las horas en cumpleaños que se vienen uno sobre otro, en colores y sabores diferentes.

El trabajo se atraviesa con sorpresas que ya conozco: son otras medidas, otros propósitos pero la prisa es la misma vieja entrometida.

Las noches me regalan sueños delirantes en sótanos de tortura y oscuros castillos medievales que robé del libro que estoy leyendo.

Las tardes de sol, aún doradas pero ya frías, se la pasan murmurándome frases escritas por un brillante solitario, en esta misma ciudad, hace setenta u ochenta años. Y regresa el tema de la esperanza y quisiera guiñarle un ojo a Antonio Caso y decirle sí, antiguo y ya muerto compañero humano, la bondad existe y nos convierte en personas.

Un querido amigo tiene un pie en su nuevo barrio; la pequeña Hierbabuena todavía pasa las noches en vela trabajando con el desparpajo habitual y mi artista favorito sigue las extrañas rutas de su profesión con una alegría metódica que yo jamás tendré.

Compartir la cama vuelve a ser una costumbre sonriente y el amor hace que las noches, cortas de por sí, por poco desaparezcan.

Empieza el mes y de pronto está a la mitad. Volveré a abrir los ojos para darme cuenta de que, como a casi todos, me gana el tiempo.

martes, septiembre 30, 2008

Vejez prematura

Para Silvana y Martínez

Prendo otro cigarrillo. Mi cuerpo tiembla levemente, sigo pensando en lo que estoy pensando y omito una reacción física evidente. O dejo que me acaricies, la piel todo lo despierta. Pasas un dedo por una superficie en la que las cicatrices de la infancia se han borrado casi por completo.

Me miro en el espejo y veo otra clase de marcas: hace mucho tiempo intenté imaginar el día en que podría observar en mi reflejo el transcurso de la vida. Ahora puedo hacerlo: veo el rastro de los dolores y la prueba de la risa; las ojeras preocupantes de la escuela y el trabajo, la duda estacionada a la mitad de mi frente. Son apenas esbozos, pero puedo ver claramente lo que seré en algunas décadas.

Me sirvo más vino y escucho hablar a la cantarina que dibuja. Me deja atónita con una verdad, sorprendente por simple: el cuerpo que tenemos es el mismo que tuvimos, el mismo que tendremos. Me dice, nunca somos niños, somos como ancianos en proceso de serlo.

Eso creí siempre, pienso mientras me río por dentro, esta mente sombría y aferrada a las sensaciones siempre ha sido la de una anciana pesimista que busca pruebas con qué refutar sus augurios oscuros, que a veces se distrae con la fantasía de ser aún joven, de amar y moverse, mientras siente el vértigo que provocan los recuerdos: qué cerca parecen, pero qué lejos están.

martes, septiembre 23, 2008

Septiembre de 2007

Hace un año estaba como despertando de un sueño, volviendo a ser yo en sentido exclusivo. Era un tiempo como para bailar cada mañana en el espejo y reencontrarse, brevemente, con recuerdos muy lejanos que crecieron con su propia, hermosa y retorcida historia.

Otra vez era dueña del silencio y no imaginaba todo lo que desencadenaría ese cambio: sin darme cuenta, cada tanto destruyo la normalidad por miedo a ser siempre la misma, y el mundo se reacomoda inesperadamente. Hubo un dolor necesario, otro completamente superfluo y una calma que de alguna forma anunciaba la llegada de los extraños que hoy son entrañables.

Tenía un tatuaje menos y creía que las aulas se habían cerrado para mi. Tampoco recordé el cumpleaños de Patricio y la computadora de casa servía, no como hoy que escribo en el trabajo, escuchando de fondo Radio Universal.

Y de pronto supe que en estos días se cumplía un aniversario de cosas que merecen ser recordadas, como el incremento en la velocidad de la vida, la tercera década cumplida y los amores que siempre importan, independientemente de su belleza o el estilo de sus argumentos.

Otra vez me sorprendí de la facilidad con la que se puede cambiar de vida.

viernes, septiembre 12, 2008

La vida cambia



Mientras crece una hoja verde sobre la jarrita de la mesa, se acumulan las páginas desparpajadas. Los personajes quieren decirte algo, un trazo violento que clama venganza o una suave curva que te jala una cuerda del alma, te acongoja o te hace sonreír.

Quizás es tarde, bebes café y los números son filas de pequeñísimos parásitos negros que te atacan y dominan todas tus horas. A lo lejos los niños y los hombres duermen, sonríes en una canción y piensas que la vigilia prolongada provoca el efecto de una droga en tu cerebro.

Es que la vida cambia, se construye de planes aplazados y esfuerzos enormes en solitario. A veces es una pelea contra la nostalgia, un arrastrar arena en los zapatos, sentir cien veces el infierno vivido y recomponer la normalidad por pura supervivencia.

Otras es reír por un triunfo, conquistar un beso que no derrumbe la paz, bailar donde menos te lo esperas, encontrarte en otros ojos y darte cuenta que ese es precisamente tu lugar.

Quedan los recaditos apresurados a media jornada, las pláticas virtuales de cinco minutos y las citas retrasadas una y otra vez. El relato de las noches de pasión y las sonrisas de los hijos; los enigmas del amor y los incidentes de la oficina.

Mientras, las hojas sobre la mesa siguen creciendo...

viernes, agosto 22, 2008

Carta (a prueba de agua)

Für Herr Typke

I'm not gonna worry about it anymore
It seems like I should say
as long as this is love...

Counting crows

Aparece en el buzón, arrugada y reseca, después de haber pasado por una inundación quizás, probablemente un saqueo. El papel, las letras en tinta azul, la falta de fecha (¿cuándo demonios estuviste en ese castillo, ojos blaugrau?). Mi cazador de detalles dice que venía en un sobre y aunque llame por teléfono, en horas o a deshoras, en tu casa contesta una voz impersonal para que deje un mensaje.

Quería decir que sí, aquí también pasa el tiempo lento y veloz al mismo tiempo. Las personas siguen siendo abismos atemorizantes o planicies seguras y soleadas, muchas veces ambas. Mi cabeza es como la pared de mi cuarto, una mezcla de recuerdos aislados y olvidos propuestos para armar una idea más o menos rescatable de los demás.

Y es que me duelen tanto a veces...
Y es que los quiero tanto a veces...

Pero sólo tú entendiste lo que significaba para mi decir "te amo" y por eso contigo los "a veces" se acabaron hace mucho, mucho tiempo.

sábado, agosto 16, 2008

Nuestra casa

La casa que habitamos
no puede albergarnos cada día.
Es grande y se llena de una luz
quebrada en los espejos de la noche;
pierde el nombre poco a poco
y se resuelve quieta en otra mañana.

Refleja la mirada sorprendida,
que distorsiona nuestros cuerpos
tan distintos que se amarran,
contorsionan a la sombra y despedazan
la definición del mundo.

Húmedo es el tiempo que llamamos nuestro,
carente de sintaxis, ciego de nacimiento
(¿pero qué falta puede hacerme ver
cuando tocar lo es todo?).

Nuestra casa de seda,
con muros de plata
y ventanas que nunca se cierran,
suspende los jadeos en el aire,
da a la fuerza su verdadero sentido,
revela el milagro de la sangre.

Y en el punto en que me dejas sin palabras
una vez más
sonríes.

miércoles, agosto 13, 2008

Puntuación

I am covered in skin
no one gets to come in...

Counting Crows

Retomar el hilo de una conversación abandonada años atrás, perdida entre sueños de alguien que ya no se es. Iniciar un texto sobre una hoja en blanco (una hoja que ya ni siquiera existe necesariamente). No importa el comienzo mientras se declare como tal, todo es voluntad de decir, escribir, hacer.

Y vienen los párrafos largos, exuberantes constructos como peleas con la realidad, batallas por expresar sentimientos, ideas, identidades. Juegos suculentos de insinuaciones, monosílabos provocadores que contienen universos de significados, tramposos significantes que atrapan al ser en su particularidad.

Coma, punto y coma, espacio. Guiones que acotan dramáticamente, como en un escenario; paréntesis que son como decir un secreto al oído en mitad de una fiesta ruidosa; capítulos que se abren y cierran en la imaginación.

Y de pronto un silencio, líneas en blanco, una tras otra, para decir, no diciendo, el miedo. La duda, el fastidio de haber comenzado algo que eventualmente tendrá un final, la respuesta no esperada, la frase incorrecta, el movimiento mal planeado que abre una fisura en la sólida muralla del discurso.

A veces son puntos suspensivos, pero casi siempre es punto final.