miércoles, agosto 18, 2010

Flashback

Esta tarde ví a una monja
que me dio clases en la primaria.
Cerraba la puerta del colegio
en el que atravesé casi toda mi infancia.

Apenas nos miramos, como dos desconocidas
que se encuentran en un sueño que al despertar se olvida.

Me di cuenta de lo cerca que estoy de mi pasado,
sin apenas creerlo, sin apenas pensarlo:
el parque, la iglesia, esa escuela de secretos,
la casa en la que conocí a mis padres, aún enamorados.

Y no puedo explicar lo que sentí ante ese ser
de cabello corto y uniforme azul marino,
traída por casualidad de los recuerdos de una niña
a la que dios le rompió el corazón ya hace tanto tiempo.

Quise por un momento detener el auto, decir hola,
preguntar su nombre y quizás hablarle
de la vida en la jaula de mil aves,
del sabor del tequila en otra boca,
del cansancio, del deseo y los errores
con los que se va aprendiendo que el absurdo
no es razón suficiente para un ser divino.

Pero tuve miedo de su imagen hermética
que era exactamente la misma:
misma boca agria, mismas manos curtidas,
misma llave de plata. Esa monja no ha envejecido,
por lo tanto, no ha vivido.
Y para hablar con los muertos
es necesario haberlos querido.

1 comentario:

  1. Cuando nos encontramos con figuras del pasado, la intensidad del recuerdo, a veces, lastima el alma. Abrazos.

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