martes, abril 14, 2009

Paredes




Estar demasiado tiempo dentro de las mismas paredes provoca recuerdos que al momento de abandonar ese sitio no se dejan meter en cajas: te tiran de la falda para que te quedes, insisten con el chillido desesperante de lo irremediable y al final se rinden llorando en un rincón, como niños o cachorros abandonados, antes de desvanecerse lentamente.

Cajitas enormes como de zapatos donde metemos la cama, la ropa, los libros y todo lo que pensamos que necesitamos o queremos. Eso y los colores, la forma particular de la luz, el olor a viejo o a humedad, y todos los minutos que pasamos ahí. En realidad no necesitamos nada para vivir, sólo el tiempo que imprimimos en historias y anécdotas, en olvidos necesarios y recuerdos que nos explican de alguna manera lo absurdo de casi todas las historias, justificadas cuando son ya pasado.

Antes de llegar alguien ya había quemado la alfombra con una plancha de vapor. En el baño, un pequeño azulejo despostillado evocaba un descuido o un drama, y el estado lamentable de la cocina hablaba de muchas sopas y cafés recalentados. No sé quién vivió ahí, pero sé que alguien lo hizo. Fueron muchas personas, a lo largo de medio siglo, y su rastro apenas perceptible a veces se me metía en los huesos cuando no podía dormir.

Y hace falta una decisión, medianamente convincente ante el espejo, para cambiar de casa. Nada más que comprar cajas, hablar con la mudanza y pasar una semana entera tirando cosas, seleccionando escenas y cambiando sin querer la página por otra nueva, en blanco o con todos sus renglones dibujados en tinta negra y margen izquierdo rojo, lista para emborronarse con la incertidumbre que siempre está ahí. La estela del pasado queda, al entregar las llaves, como regalo de bienvenida al siguiente inquilino, que se preguntará quién colgó tantos carteles con tachuelas o cómo se rompió la cerradura de la recámara.

Al llegar a un nuevo lugar, uno no puede evitar estremecerse: una nueva luz que dejar caer sobre las tardes o los cuerpos desnudos; otras puertas para encerrarse o dejar pasar; un escenario, tan bueno como cualquier otro, para seguir respirando y actuar.

6 comentarios:

  1. es que si no, uno se hace recuerdo, por eso creo que es bueno huir, o solo irse, para espabilar, y no solo de lugar, de ideas, de funciones, de todo, aunque solo se haga una mezcla y se reacomode, siempre la luz y las entradas de aire le quitan lo viciado al ambiente

    saludos

    ResponderEliminar
  2. y cada vez uno lleva menos cajas...

    ResponderEliminar
  3. fue un placer compartir esas paredes contigo. te quiero, te mando un abrazo fuerte.

    ResponderEliminar
  4. De vez en cuando cambiar de ambiente, hace muy bien. Abrazos.

    ResponderEliminar
  5. Un nuevo sitio significa una nueva luz. Todo se resume en la luz. Cómo escribió Seféris: "Hace tantos años que te decías: una búsqueda de luz, otra cosa no soy.".

    Abrazo.

    ResponderEliminar
  6. Renovarse o morir, esa es la cuestión.
    Mudarse siempre requiere de convicción (la más que se pueda), deja un vacío interminable pensar en lo que dejas lejos… de menos eso fue lo que me pasó en mi primera mudanza.

    ResponderEliminar

Escribe algo. Todas las palabras tienen peso.