viernes, agosto 05, 2005

Cambio de rostro

La ciudad no es lo que era. Los días nublados como este ya no permiten evocar los lagos, la contaminación se confunde con la bruma y los autos, los desesperados edificios interrumpen todo vínculo con este suelo y sus orígenes.

Sólo queda la melancolía del agua, las luces rojas brillando en los charcos, la venganza del lago en cada inundación, la seguridad de que nuestros millones de historias se terminarán mucho antes que estos rituales sin palabras. Ciclo tras ciclo nos vamos aclimatando, cruzando avenidas con riesgo a quedar paralizados en el agua sucia.

Una amiga de letras azules va esbozando una despedida larga y dolorosa. Imposible cuidarse de la vida (lo sabe, pero aún así lo medita), no se puede dar tanta ventaja a la muerte. Cada quien va con sus propias luchas por el mundo, creyendo que los otros las comparten, creyendo a veces desesperadamente.

Hoy digo esto, mañana diré otra cosa. Le doy la mano a mis creencias, a mi estado de ánimo, al compañero de viaje, a las sonrisas de los que me quieren. Se requiere mucha alegría y mucha fuerza para volver hermosa a esta ciudad asesina.

9 comentarios:

  1. no hay ciudad asesina solamente zombies que caminan y se comen a si mismos quitando eso de hgumano que le queda a cada uno.... las grises aguas que resbalan por el cemento duro, frío, constante y aburrido......por suerte es el cielo el que llora por nosotros y agradecer que comparta un poco de nuestra melancolía. Cheer up! y si no pues unas cervezas y si no pues unas platicas, un encuentro furtivo.........yo me tomaré una a tu salud y cuando quieras sacar las lágrimas exprime los ojos, baja afloja el estómago y destrípate que para eso estamos vivos!

    salud

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  2. LA ciudad no es lo que era. Pero nada es lo que era. Nadie. Quien se puede sostener sin titubear. Nos queda barrer los cajones de estacionamiento que guardan a nuestros boletos de ida sin comprar. Nos queda emocionarnos con la llegada de las lluvias en el zocalo. Nos queda salir a caminar en compania. Nos queda vivir por episodios, por semanas, por dias (quizas asi, de a poco este rompecabezas diga algo). Nos es inevitable de cualquier modo no irnos como se va todo. como cambia todo.

    Esta ciudad tambien te extrania a ti.

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  3. No es tanto la humedad sino la fe en las ciudades lo que mata. La creencia ciega en la salvación que esconden los edificios es una ilusión. A no ser que sea un lindo edificio donde los vecinos/amigos/amantes organicen festicholas y se dediquen a salir agarrados de la mano, a caminar por el parque y romper los vidrios de los autos. Pero de no ser así, la fe en los edificios pudre el marote. Salú.

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  4. «Malditas ciudades en las que el tiempo lo gobierna todo, fuera de ellas aún quedan lugares donde la sensación de inexistencia de tiempo deja de llamarse sueño, donde los días son sólo días y no la cuenta atrás del reloj que nos domina.»

    Regresaron a mi cabeza estos pensamientos tras leer tu «post».

    Saludos :)

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  5. La ciudad dejo de ser nada sin mi. La ciudad ya no existe solo en mi. No soy Kublai Kan, ni tampoco soy el viajero. Soy yo mismo. El que es gracias y a pesar de la ciudad.

    Ya no me significan ni las calles ni las avenidas. Tampoco virar violentamente sobre Palma para llegar a Cinco de Mayo. He perdido el placer de sentirme parte de los suelos, los cielos y las alcantarillas. Pero era un placer malsano (eso lo descubrí mucho después). Ahora me conmueven más los rincones, e incluso los espacios vacíos.

    No creo más en rodar sobre el asfalto enlluvecido y desnudo. ni me excitará otra vez el cuerpo inerme de ninguna ciudad de suciedades o de tesoros. Eliminada está la certeza del llegar.

    Llegar, estar, permanecer: arboledas de certezas fatuas. Caras de un mismo prisma: El prisma del olvido.

    Porque cuando uno es la ciudad y la ciudad es uno, el imperio se ha vuelto demasiado grande. Inabarcable, inmanejable, candidato a nuevas guillotinas. Y por eso, no más. No más conquistas, no más prisioneros. La paz enmudecida de una cama hirviente es ahora más que cualquier callejón y que cualquier delirio.

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  6. La ciudad devora a las almas desoladas.

    Saludos.

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  7. Profundo pensamiento, madame.

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  8. Resistente y asolada, la calle calla.
    No se ha reflejado mi cara en ninguno de sus rincones.
    Eso me molesta, me irrita, y me ahogo en la maraña compacta de mi estómago.
    Luego salta.
    Trato de no salpicar, atado de pies y manos en postura fetal.
    Aveces el Verde me llama, y creo / tonto de mi / que es el.


    PD: www.sonorama-aranda.com

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